Sangre y Polvo 

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En “Zibaldone”, Giacomo Leopardi concibe al orden natural como un ciclo de destrucción, reproducción y cambios constantes. Más adelante, el poeta y filósofo italiano argumenta que la depredación es la muestra más clara de la perversión detrás del diseño de la naturaleza. Su inquietud por las relaciones asimétricas entre depredador y presa coincidió con la de notables pintores de distintas épocas quienes, lejos de reprobarlas, las retrataban evocando metáforas de triunfo y victoria. En efecto, el instinto cazador se ha sublimado en representaciones que van desde las identificadas dentro de cuevas con pinturas rupestres, hasta las exhibidas en museos que hoy poseen grandes colecciones de arte. Consciente de la sobreabundancia de estas imágenes y su consecuente propensión a ser banalizadas, Ferrari retoma estos temas para generar nuevas lecturas y provocar otros sentires. 

 

En Sangre y Polvo, la artista recrea el punto —tal vez— culminante del combate entre una jauría de raza y un jabalí salvaje. Los perros se abalanzan hacia el animal al mismo tiempo que lo acechan con miradas amenazantes. El rostro de éste se diluye en la pintura, convocando al espectador a dibujar en su mente la expresión que coronaría este acto. Mientras tanto, la escena se percibe contenida por un primer encuadre de ramas y hojas bañadas de reflejos fulgurantes que contrastan con la turbulencia del evento. Este repertorio vegetal proviene de un registro minucioso de plantas que la artista originaria de Buenos Aires ha encontrado en su experiencia cotidiana por la Ciudad de México, algunas de ellas endémicas y otras domesticadas para sobrevivir fuera de su hábitat original. 

 

De manera inversa a la tradición académica occidental, Ferrari compone esta obra desde lo más cercano hasta lo que más se aleja del campo de visión, buscando así intimar con el espectador de la escena. Pese a que el género de la caza suele ubicar al humano dentro de la pintura, atribuyéndole facultades decisivas en el ritual de sacrificio, Ferrari lo saca del lienzo y lo pone frente a él. Así quien observa es testigo silente del acto de agresión y tortura, lo mira desde un afuera como un horizonte sobre el que no tiene agencia pero también desde un adentro, inundadx por una atmósfera sanguiñolienta que, en las entrañas, rompe el mito del ojo que lo ve todo. Al llevarnos a reconocer nuestros impulsos carnales, Ferrari advierte que quizás el humano está constituido por una animalidad que no se rige por instintos vitales sino en virtud de afectos y motivaciones, una que nos hace más insuficientes que excepcionales, que nos convierte en animales enfermos. 

 

La absurda condena existencial de contemplar la muerte a la vez de estar vivxs nos conduce al ‘dilema de la depredación’ con el fin de que cuestionemos cuál es nuestra obligación moral frente a las violencias que gobiernan al mundo bárbaro. Tras encontrarnos sacudidxs por un vaivén de sensaciones liminales que oscilan entre placer y asco, intriga y mierdo y belleza y fealdad, la obra nos invita por último a voltear la mirada al mundo que se anuncia como civilizado para vislumbrar en lo profundo, en lo reprimido y en lo palpable todo tipo de violencias cotidianas que ya no están supeditadas a instintos de supervivencia sino a voluntades perversas.

Pedro Cénalas Murga

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