My battery is low
and it's getting dark
Report from the Wasteland
¿Quién será, en un futuro no lejano, el Cristóbal Colón de algún planeta?
Amado Nervo
Coordenadas: 25° 41’ 45’’ N 101° 45’ 59’’. Una sonda es enviada a inspeccionar la topografía agreste del desierto fronterizo. En la expedición descubre un insólito hallazgo: un monolito de acero. Su presencia invasora rige la composición central de la escena minimalista. Encuentra, además, enterrada en la arena, una placa dorada basada en el diseño de la sonda Pioneer 10 con una enigmática inscripción. Vestigios desconcertantes, edificios derruidos, matorrales, polvo, olvido. Constelación de elementos ambientales que vertebran la trama cinematográfica de My battery is low and it’s getting dark, primera exposición individual en la Ciudad de México del artista Carlos Vielma (Saltillo, 1982).
Por su alto valor narrativo, la muestra da un giro significativo en la producción y en el lenguaje visual de Vielma, si bien da continuidad a sus preocupaciones temáticas centrales: el paisaje fronterizo, el monumento y la arquitectura. El detonante principal es el video que atestigua el recorrido de la sonda espacial apócrifa en Marte, Coahuila, pueblo fantasma situado en medio de la carretera. Inmortalizado desde la pintura, el dibujo y el vídeo, Marte se nos ofrece como un universo en ruinas, desolado, melancólico, vaciado de horizontes, donde, aún siendo palpables algunos indicios de su ocupación, no hay signos de vida humana. Esto acaso se deriva del sentimiento pesimista de especular sobre un mundo después de la catástrofe. Con el léxico de la ciencia ficción se construye una potente alegoría. A través de dicho género –inusual en el ámbito de las artes visuales mexicanas–, se enuncian problemáticas sociohistóricas de contextos periféricos al norte del país y las tensiones entre modernidad y rezago.
Un cuento de Ray Bradbury titulado “A Million Year Picnic” sirve de inspiración. En él se narra la historia de Timothy, joven que viaja en compañía de su familia al planeta Marte, con la engañosa premisa de organizar un día de pesca y de paso vislumbrar a los marcianos. Tim descubre en el trayecto que su padre ha urdido el plan como una vía para escapar del planeta tierra: una guerra aniquiló a la población entera y deben recomenzar como colonos. Si la expectativa era avistar a los marcianos, al asomarse en el agua del río descubren que, a partir de ahora, serán ellos los marcianos. El planteamiento absurdo del escritor norteamericano establece un tono futurista y sobrecogedor. Diversas referencias provenientes de la música, el cine y la literatura se entrecruzan en una cámara de ecos: la música experimental de Laurie Anderson, las composiciones de piano expandido de Henry Cowell, la épica espacial de 2001. A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick, y la espacialidad rural y fantasmagórica de Comala en Pedro Páramo (“Carretas vacías, remoliendo el silencio de las calles. Y las sombras. El eco de las sombras.”)
Invitamos a seguir con la mirada el recorrido desorientador de la máquina artificial. Conforme se acerca al monolito, tratando de rastrear el origen del extraño sonido de fondo, la imagen devuelve un doble e inesperado reflejo: el espectador se confronta a la pantalla –como sucede en el relato de Bradbury– con su propio rostro proyectado. Del reflejo viene la revelación. Si la raza humana pereciera, ¿qué permanecería desde los escombros? Recordatorio de la caducidad, de nuestra transitoriedad, pero también de nuestra supervivencia. Memento mori. Los parajes de Marte evocan el anhelo y la lejanía ante un punto inalcanzable en el espacio exterior. Carlos Vielma documenta la crónica visual maravillosa desde un terreno yermo.
Juan Pablo Ramos